Nota XLXII
Me metí en la cama, abrí la botella, doble la almohada y me la ajuste bajo la espalda, respire con ganas y me quede sentado en la oscuridad mirando por la ventana. Era la primera vez que me había quedado solo en cinco días. Yo era un hombre que me alimentaba de la soledad; sin ella era como cualquier hombre privado de agua y comida. Cada día sin soledad me debilitaba. No me enorgullecía de mi soledad, pero dependía de ella. La oscuridad de la habitación era fortificante para mí como lo era la luz del sol para otros hombres. Tome otro trago de vino.
De repente la habitación se llenó de luz. Hubo un traqueteo y un rugido. Un puente del metro pasaba a la altura de mi habitación. Un convoy se había parado allí. Observe un manojo de caras neoyorquinas que me observaban. El tren arranco y se alejó. Volvió la oscuridad. Entonces la habitación volvió a llenarse de luz. De nuevo contemple los rostros escalofriantes. Era como una visión del infierno repetida una y otra vez. Cada nueva vagonada de rostros era más horrible, demente y cruel que la anterior. Me bebí el vino.
Continuó: Oscuridad, luego luz; luz, luego oscuridad. Acabé el vino y fui a por más. Volví, me desvestí y me metí en la cama. La llegada y partida de caras siguió una y otra vez. Me pareció como si estuviese sufriendo una alucinación. Estaba siendo visitado por cientos de demonios que ni el Diablo mismo podría aguantar. Bebí mas vino.
Charles Bukowski – Factotum





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